Jesús García llevó a South Summit una charla sobre realidad virtual, aumentada y mixta aplicadas a la Industria 4.0. El planteamiento era el de siempre: separar lo que ya funciona en una planta de lo que todavía es una demostración de feria.
Las tres tecnologías no compiten
Se confunden constantemente y resuelven cosas distintas.
Realidad virtual: el usuario se aísla y entra en un entorno completo. Sirve para lo que no puede ocurrir de verdad —una emergencia, un procedimiento peligroso, una planta que aún no existe— y para formar sin consecuencias.
Realidad aumentada: se superpone información sobre lo que ya hay delante. Sirve en mantenimiento, en montaje guiado y en asistencia remota, donde el operario necesita las manos libres y la máquina delante.
Realidad mixta: el contenido se ancla al espacio real y se puede rodear. Sirve para validar un diseño a tamaño real antes de fabricarlo, y para revisar en equipo algo que todavía no se ha construido.
El error de partida más frecuente
Empezar por la tecnología. Una fábrica que arranca preguntándose «¿qué hacemos con la realidad virtual?» acaba con una demostración archivada. La pregunta que lleva a algún sitio es la contraria: qué proceso concreto cuesta dinero, cuánto cuesta, y si alguna de las tres formas de XR lo reduce lo suficiente como para pagar el proyecto.
Lo que hay que tener antes de empezar
Un proceso documentado, alguien dentro con horas asignadas para validar el desarrollo, y un criterio de éxito medible acordado antes de la primera línea de código. Sin las tres cosas, el proyecto se convierte en una demostración bonita que nadie usa.
La visión de Xperiencia Virtual
En un entorno industrial no empezamos por la tecnología, sino por el proceso que cuesta dinero. Si al final resulta que una automatización clásica lo resuelve mejor que un visor, lo decimos. Es lo que esperaríamos de un proveedor si estuviéramos al otro lado de la mesa.
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